Mil veces quise decir
cosas de tí, Valmadrid,
de la noche que me sonó
tanto tu nombre…

Noche de luciérnagas, aquella,
en los caminos y enlas paredes,
son mis recuerdos de tí, Valmadrid,
sin ser tuya la culpa, sino de la
Ciento Cinco División de los rebeldes
que llegara desde Zaragoza, en tren
de vía estrecha a tu estación o
apeadero, en plena noche de enero.

Ni un destello para mis ojos
conservo de la concavidad nocturna,
hasta el alba, que fuisteis apareciendo,
diseminado, por el leve declive
a la llanada.

Tu nombre, Valmadrid, no es lo que
importa para ser de pura cepa mañico,
con todo el Madrid que llevas, ¡rediós!

Tampoco supe que algún río tuyo cerca,
para ser Val…; aunque el Ebro no está
lejos no creo que te pertenezca.

Tus aguas son demasiado calcáreas
pero tienes un vino chispón y bueno,
miel, sin parangón, de tomillares,
y oloroso heno en los pajares
donde dormimos las quince noches
los quintos del treinta y nueva.

Las cuatro de la mañana
serían al despertarnos de
entre el heno, para subirnos
a la montaña, hasta el collado,
y bajarnos, luego, por la vaguada
a los tapiales del cementerio donde
las descargas a muerte sonaron…:

-¡Vista a la izauierda…!
Nos ordenaron, según la fila india
avanzaba con dolor y espanto en las almas.
Antes ya me prometiera pasarme a los leales,
pero aquel crímen lo sentenció sin mirar
para los lados.

La arenga del Jefe de la División,
en la esplanada, tras la matanza, de seguir
con el ejemplo de las cinco de aquella
mañana, me dió más astudcia para pasarme
al otro lado. Y fue a los ocho días de
llegar a las trincheras, antes que la Luna
saliera mi salto a entre las dos líneas
de fuego, sin que nadie me viera.

…Ya estaba en tierras de nadie y los
dos frentes dormían, aungque, de cuando en
cuando tiros sueltos y hasta ráfagas
se cruzaban en plan de alerta, y yo con
mi fusil en ristre frente a la oscuridad
y el movimento, amigos tomillares
del recuerdo.

Ocho de febrero del treinta y ocho:
estaba ahí yo entre dos líneas antes
de salir la Luna pasa pasarme a los leales:
Noche fría, cortaba el aire pero yo
no lo notaba.

No sabré nunca decir lo que
sentí mientras esperaba la Luna
para aproximarme a los míos y
en voz queda decir: ¡no tirar,
me paso a vuestras líneas…!

El resto de la noche, ya con
los míos, fue la emoción tan grande
que llega para toda una vida, y
yo la he vivido. Con ellos, con
los leales, hemos perdido la guerra,
y a Francia me pasé al cabo de un
año al mando de una compañía, al
exilio; pero siempre estuve contento
conmigo mismo por compartir con los
míos la derrota de la libertad por
la tiranía más negra padecida por
España.

El jefe de la Ciento Cinco División,
tenga el epitafio que quiera, si ha
mujerto, sentenció a muerte a hojos
de españolas antes de ir al propio frente.

Noche de enero del treinta y ocho,
férreo oscurantismo junto a los
Bárbaros del Norte, los moros y
los Romanos… y España herida hasta
el alma tantos y tantos años…, y
aún no se le cerró la llaga.