Lazareto de Redondela.
Es otoño de mil nuevecientos treinta y siete en el Lazareto, y en Redondela donse se asan castañas en plazas y calles, y por la misma ría que asedia a estas dos islitas, unidas por un puente.
¡Otoño!..., otoño de dramatismo en cada vida que palpita en el islote grande cuando se contempla asimisma en cada hoja, arrebatada de las ramas por el furioso viento... Y en el islote pequeño un destacamento de la quinta de mil nuevecientos treinta y nueve, al mando de un álferez provisional.
Si, ¡Cuántas veces he recordado esta imagen aparecida en La Voz de Galicia del diez de mayo de mil nuevecientos treinta y seis, cuántas! Desde el arenal se me figuraba así cuando esperaba la barca: las islas solas de un mar sereno, sólo que allá en los confines más lejanos improvisaba yo, poco a poco, estructuras de castillos y fieras con sombras y luces del ocaso. Y enseguida llegaba la barca y yo descendí de la fantasía de la tarde a la realidad monstruosa en que vivía nuestro pueblo por aquellas fechas. Lentamante, en la barca, me acercaba al islote pequeño. Las luces de entre la enramada acababan de encenderse con el mismo juego de las estrellas, por claros y nubes, según avanzaba la barca, solo que la hélice polvorizaba las del firmamento con sonido de queja en estela luminosa, para morir cerca, cada poco, hasta la orilla. Luego nada a no ser las voces de alerta el uno, alerta el dos, alerta el tres, alerta el cuatro, alerta el cinco, alerta el seis, alerta el siete, alerta el ocho y alerta está. Por un cuarto de hora no volverían a oirse, de una en una, desde las altas garitas, las voces de alerta: ocho núcleos, de uno en uno, cinta de vibraciones en torno a los aposentos de los presos. La nuestra, la de nuestro destacamento, era una cinta distinta a la de los anteriores, a los que no les dejaban coger agua en el grifo de afuera o les hacían echar cuerpo a tierra cuando se les antojaba, que estuviera o no el suelo encharcado de agua. Las voces de nuestra alerta eran vibraciones de los mismos sentimientos de los presos del islote grande del Lazareto. Recuerto los primeros días de nuestras guardias allá arriba en las garitas: ¡con qué temor salían de los edificios a coger agua al único grifo de afuera o al ponerse a la cola del rancho al mediodía y a las tardes!
A estas horas, tras una distancia de años luz, no habrá muchos supervivientes del Lazareto de Redondela, de uno y otro islote... Hoy, al evocar aquel presente, revivo el cuadro íntegro, sin que falte nadie ni nada a la cita: la ría y las garitas con el mismo salitre para cegar el alma y los ojos, los edificios de cal entre la arboleda, y entorno, irregular recinto a este rastrillo emergido de la profunda oscuridad de un día. Luego los presos, las barcas cargadas de visitas, agitación de pañuelos sin fin de orilla a orilla... Y después, otra vez, un día igual a otro día como cuando apareció el Sol. Por primera vez, sin noción del tiempo ni de formas compactas.
Un día nos llegó el relevo. Por la mañana algunas nubes volaban con pereza, pero no presagiaban tormenta; por la tarde, a la hora de la partida, no recuerdo más que emoción dolorida: pañuelos, sin cesar, con mil manos a la vez, y así todo el tiempo, hasta hundirse nuestro barco, para ellos, en la curva de las aguas, y seguían, hasta mostrársenos por última vez llamas vivas nadando ligeramente en el horizonte líquido, e extinguirse bajo crespones celestes.
Nuestro destacamento, quinta del treinta y nueve, sin faltar uno, correspondimos al cariño de los presos del Lazareto de Redondela, incluído al alférez que mandaba el destacamento, que nos dijo en una amable sonrisa: “al llegar a Vigo, lo más seguro es que nos detengan”.
Atrás, en un día de otoño, quedaban los presos del Lazareto de Redondela y algo de mi quedó para siempre con ellos, y cuando al cabo de los años me vi en el penal de Burgos seguía estando en el Lazareto, donde brotaron mis primeras flores de promesas:
Me pasaré a la zona Republicana para liberaros. No hables esas cosas así con todos, Perfecto. Hay dos entre nosotros que no son de fiar por charlatanes. Por eso cuando nos vienes a visitar te acompañamos por aquí dentro, los de confianza. Has de tener mucho cuidado: por lo más mínimo te forman un consejo de guerra y se acabó. Fugarnos de aquí imposible, querido Perfecto, pero ya saldremos: estos no pueden ganar la guerra al gobierno legítimo y también el mundo se inclinará a nuestro favor, tengamos confianza.
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